sábado, 19 de abril de 2014

Cuando las madres de los toreros eran una leyenda / Por "Barico" (1944)


Doña carmen Jiménez
La madre de los Bienvenida

Si algún personaje de cuantos rodean al planeta de los toros estuvo siempre rodeado de leyenda, de una leyenda tan dura como entrañable, fueron las madres de los toreros, que constituían mucho más que un símbolo. En los tiempos actuales, cuando hasta los propios toreros se empeñan en arrumbar cuanto de mito y de singularidad rodea a su oficio, la situación es muy diferente, hasta el punto que lo más frecuente es ver a las madres en los tendidos mientras sus hijos actúan. Ahora que son días de vacaciones, traemos una lectura más que curiosa: dos reportajes de "Barico" en los primeros números de "El Ruedo" sobre las madres de dos sagas históricas: los Bienvenida y los Vázquez, escritos ambos en 1944. /Taurología/


"...La época a la que se refiere el escritor nada tiene que ver con la actual, cuando es tan frecuente ver a las madres de toreros hasta en los tentaderos, donde van prepararse para la temporada. Entonces tenía a gala permanecer encerradas en sus casas. Esta otra cara de la Fiesta, como dice el propio título de la serie, era la de “las que se quedan rezando...”

Dos reportajes de "Barico" en "El Ruedo"
(1944)
La otra cara entrañable del toreo: 
cuando las madres de los toreros eran una leyenda

Al iniciar una serie de reportajes, bajo el título general “Las que se quedan rezando”, en los primeros años del semanario “El Ruedo”, Benjamín Bentura, “Barico”, escribía con el lenguaje de la época: “Mientras el torero se juega la vida en el ruedo, en su hogar hay quien pasa horas angustiosas. Es siempre una mujer que pide al Altísimo por el ser amado”.

Arrancando con el caso de la saga de los Bienvenidas, por las páginas del semanario van a desfilar las madres de los toreros de la época: Pepe Luis, Carlos Arruza…. Se trata de unos reportajes hasta entonces poco frecuentes en el periodismo taurino, pero que el cronista aragonés, luego afincado en Madrid, aborda con una especial sensibilidad, siempre dentro de los gustos que imperaban en aquellos comienzos de la década de los años 40.

La época a la que se refiere el escritor nada tiene que ver con la actual, cuando es tan frecuente ver a las madres de toreros hasta en los tentaderos, donde van prepararse para la temporada. Entonces tenía a gala permanecer encerradas en sus casas. Esta otra cara de la Fiesta, como dice el propio título de la serie, era la de “las que se quedan rezando”.

Pero por la precisión y el detalle que “Barico” aporta a sus trabajos, nos enteramos de muchos detalles, como que a la madre de los Vázquez le gustaba planchar siempre las camisas toreras de sus hijos, o como doña Carmen Jiménez incluso se las confeccionaba a mano.

De entre toda aquella serie de reportajes, traemos hoy a nuestras páginas so ejemplos muy significativos: los dedicados a doña Carmen Jiménez, la madre de los Bienvenida, y a doña Concepción Garcés, la madre de la saga de los Vázquez de San Bernardo.

Las quince primaveras de aquella flor andaluza que el señor Jiménez trasplantó a Madrid cuando vino de Sevilla, buscando mayor espacio a su arte de tallista excepcional, eran los quince años más bonitos que se veían por la capital de España. Carmencita no lo sabia, y por ello era auténtica la femenina gracia de aquella flor andaluza, que llenaba de encanto y finura el taller del artista andaluz.

Por el taller del tallista iba a menudo un mozo que había sido torero. Iba hacia arriba cuando el 10 de julio de 1910 un toro de Trespalacios le cerró el camino. Bienvenida se «encerró» en el ruedo de Madrid con seis bichos para él sólo. El tercero. Viajero, número 13, cárdeno chorreado, le cogió al pretender dar el primer muletazo. Manuel Mejías fué el primer torero que dió el pase de la muerte; quiso introducir en tal suerte una variante: darla el muletazo sólo con la izquierda. La cogida fué terrible. Pasados los primeros días de extrema gravedad, los médicos dictaminaron que Manuel Mejias quedaría cojo. No se resignaba el que fué gran torero. En Barcelona le vió el doctor Raventos. Luego, los doctores Ortiz de la Torre y Goyanes. No había esperanza. Fué a Cartagena, atraído por la fama del doctor Maestre. Las palabras del doctor Maestre le llenaron de tristeza: “Usted sólo podrá vestir el traje de luces para retratarse”.

Manuel Mejias no tenía más consuelo que el que podía proporcionarle su amigo el tallista sevillano. ¿El tallista? Se dió cuenta de que la charla del tallista era un sedante para él, pero que lo que realmente llenaba de luz su vida era la belleza de Carmencita Jiménez. Y le dijo que la quería. Y ella respondió con una sonrisa que era la explosión de toda la gracia de sus quince años.

El que había sido torero quiso volver a los ruedos. Se puso en manos del doctor Decref. Doctor y torero convinieron comenzar la tarea. El mozo estaría en tratamiento durante cinco meses. Si al cabo de este tiempo no curaba, el doctor no le presentaría factura. Si quedaba útil para el toreo, Manuel Mejías pagana al doctor Decref lo que éste juzgara oportuno. Carmencita Jiménez deseaba, en secreto, que su novio no pudiera volver a torear.

Carmen tenía dieciséis años cuando casó con Manuel Mejías, que había cumplido veintiséis. Manuel volvió a ser torero.

Carmen Jiménez no había visto nunca torear a su marido. Una tarde, Manuel Mejias hizo que su mujer, con sus pequeños Manolo y Pepe, fuera a la placita de Cara-­Ancha a pasar un rato. Con engaños, la colocó en un palquito al que se subía por una ecalera de madera, y con Carmen subieron Manolo y Pepe. Quitó Bienvenida la escalera y dió suelta a un becerro de Villamarta que había comprado para que su mujer le viera torear. ¡Y cómo toreó y mató “el Papa Negro”! Pero Carmen había vuelto la cabeza tan pronto como el becerro apareció en la placita y no había visto nada. Doña Carmen Jiménez no ha visto nunca torear a su marido ni a sus hijos. Mientras su marido se hallaba en la Plaza, ella pasaba las horas rezando. En cierta ocasión salió de su casa «el Papa Negro» para torear una corrida de la Prensa en Sevilla. Ella quedó con sus tres hijos y su angustia, pidiendo a Jesús por su marido. Minutos antes de la hora anunciada para la corrida comenzó a diluviar. Se suspendió el festejo. Bienvenida, de vuelta a su hogar, encontró a su esposa orando. Extrañó ella el rápido regreso de su marido, y éste explicó que se había suspendido la fiesta por lluvia. Tan concentrada estaba ella en aquel momento que, sin darse, cuenta de lo que decía, preguntó: “Pero, ¿es que cuando llueve no embisten los toros?”.

Ahora don Manuel Mejias apodera a sus hijos. Es corriente adquirir compromisos con empresarios de provincias por teléfono. Siempre que don Manuel tiene alguna conferencia con estos empresarios, doña Carmen pregunta a su marido, con la esperanza de acertar: “No os habéis arreglado, ¿verdad?”.

Cuando sus hijos torean en Madrid, doña Carmen Jiménez, con su hija Carmen Pilar, pasa parte de la mañana preparando los alimentos que aquellos han de tomar. Antes de que los muchachos se vistan de toreros, la madre y la hermana entran en la capilla de su casa, en la que hay una magnifica imagen de Jesús del Gran Poder, otra de la Virgen del Pilar y otras de Nuestra Señora. Los hijos se despiden con un beso. La madre con otro y este deseo: “Hijo mío: Que el Señor y la Virgen te acompañen”. Se arrodilla, reza y espera. A medida que van siendo arrastrados los toros, desde la Plaza alguien llama por teléfono a casa de don Manuel Mejias. Carmen Pilar recibe la noticia: “Sin novedad”. Y madre e hija siguen pidiendo con todo fervor por los tuyos.

Si los muchachos torean fuera, llaman a su madre tan pronto llegan a su punto de destino, le dan pormenores del viaje y le dicen a la hora exacta en que da comienzo la corrida. Ella permanecerá con su hija en el oratorio hasta que sus mismos hijos, sin perder tiempo en quitarse el traje de luces, le digan que todo fué bien.

Doña Carmen Jiménez, madre de diez hijos a los que ella crió y cuidó, ha pasado muchas horas de feroz angustia. Tres de sus hijos murieron siendo niños. Dos —Rafaelito y Manolo—, cuando ya la madre los creía para ella. Ahora, doña Carmen emplea gran parte de sus horas en cumplir las promesas que hace por sus hijos.

--No acabará nunca de cumplir esas promesas —dice don Manuel Mejías—.Imagínese usted que se ha impuesto la obligación de compensar con un mes de privaciones, cada dia que pierde, aunque sea por enfermedad, en el cumplimiento de sus promesas.

Todos los años hace un viaje a Zaragoza para orar en el Pilar. Va en tercera, sin cruzar la palabra con nadie durante el viaje, y se hospeda en una pensión. Calcula luego lo que le hubiera costado el viaje hecho con toda clase de comodidades y la diferencia la da en limosnas.

Doña Carmen Jiménez, que no quiso ver torear a su marido, no ha querido tampoco ver torear a sus hijos. El año pasado Álvaro Domecq rejoneó tres sobreros en la Plaza de Madrid, a puerta cerrada. Quería ver torear a caballo a Domecq y fué a la Plaza. Domecq rejoneó al primero, y cuando lo creyó oportuno invitó a Angel Luis a que matara. Doña Carmen volvió la cabeza para no ver, y disimuladamente salió sin querer ver más.

Si alguna vez veis de cerca vestido de torero a alguno de los hermanos Bienvenida poned atención en la camisa de torear, esa maravillosa camisa de torear, la ha hecho la madre del torero.
Doña Concepción Garcés
La madre de los Vázquez

Cuando el matadero municipal de Sevilla estaba a la vera de la Puerta de la Carne, el señor Garcés era ya empleado en el mismo. Tenía una hija llamada Concepción, en la que había puesto los ojos y el pensamiento un muchacho que quería ser torero. Y toreó el muchacho en Sevilla. José Vázquez se anunciaba en los carteles con el alias de «Chico de San Bernardo», que en tal barrio había nacido y vivía el torero en agraz. Una noche, en el ruedo sevillano, un novillo le dió una cornada grave. Allí terminó la historia taurina del «Chico de San Bernardo», y entonces pensó el mozo que era preciso dar nuevo rumbo a su vida. Había aspirado a todo en el toreo por ofrecer a Concha un bienestar que no era fácil conseguir por otros medios. No podía ser. La cornada le alejaba de los ruedos, y desilusionado, habló con la muchacha. No sospechaba José Vázquez que la noticia de su definitiva retirada de los toros fuera una gratísima noticia para Concepción Garcés; pero tal fué.

Se había inaugurado el nuevo matadero sevillano, y, José Vázquez ingresó allí como empleado y al poco casó Con Concha Garcés. José fué nombrado capataz de nave y en su trabajo pasó muchos años sin más afán que el cumplimiento de su deber y sin otra preocupación que sacar adelante a sus hijos. Y esto pudo ser porque a José Vázquez, que no tuvo suerte en el toreo. Dios le había concedido la gracia de casar con una mujer que si cuando mocita era la admiración de los muchachos por su belleza, ya casada podía ser espejo en el que se mirasen todas aquellas que pretendieran lograr el título de “mujeres de su casa”. Siempre fué bueno para los suyos José Vázquez; pero la esposa no se dejó ganar en bondad por su marido y en laboriosidad por nadie. La historia de doña Concepción Garcés es la historia sencilla de la mujer que sabe lo que es sacrificarse por los suyos, que ha renunciado a todo por sus hijos y que no pone límite a su bondad porque cree que el bien no tiene frontera.

Dios bendijo su hogar y le dió siete hijos. Pepe Luis, que tiene veintidós años, es el mayor; Rafael, matador de novillos que quiere llegar muy lejos, diecisiete; Manolo, que ha terminado el quinto curso del Bachillerato, ha toreado hace poco en el tentadero de Pérez de la Concha y dicen de él, matadores de toros que le vieron actuar, que ha de ser una figura excepcional, ha cumplido catorce; Consuelito tiene trece años y estudia como Antonio, que ha cumplido once; Juanito es un chico muy guapo de seis años, pero parece que la palma de la belleza en la familia va a ser para Carmelita, chiquilla de tres años, que es la que cierra la lista.

Doña Concepción Garcés no es vieja, ni mucho menos. Ha cumplido cuarenta y dos años. Está contenta de su suerte. En el hotel que la familia compró en la calle número 17 del barrio de Nervión, conocido por el nombre de “Villa Concepción”, habitan el matrimonio, los hijos y los abuelos paternos. En otro hotelito, adquirido también por la familia de Pepe Luis, viven los padres de doña Concepción con dos hermanos solteros.

Una familia muy numerosa la de Pepe Luis. La madre del torero sigue la norma de trabajo que se trazó cuando sus medios de vida no eran para la familia los mismos que ahora. Nada queda a merced de la iniciativa de la servidumbre. Ella hace que todo en su casa se lleve ordenadamente; ella se preocupa de que nada falte a sus hijos mayores y pone todo su cariño materno en el cuidado de sus chicos pequeños, que a nadie encomienda.

Cuando sus hijos torean, hace lo que todas las madres de toreros en tales circunstancias: rezar, rezar y rezar.

Nunca ha visto torear a ninguno de sus hijos y en verdad, no sabe lo que es una corrida seria. A lo sumo, ha presenciado algún espectáculo taurino; nunca corrida en la que sea posible un percance serio.

“Villa Concepción” es un edificio muy capaz, con un jardín agradable, garaje, cuadra y las dependencias precisas. Allí vive la familia Vázquez. Cerca, en el mismo bárrio, tiene una casita, adquirida gracias a la ayuda de Pepe Luis, Manuel Flores, el mozo de espadas del sevillano. Doña Concepción Garcés se mueve en el círculo que forman su familia y los afectos más sentidos. No le preguntéis nada que no tenga relación con los suyos. Nada quiere saber de lo que su corazón no siente profundamente. Su familia y su casa son laa suprema razón de sus días. Esta andaluza, madre de un matador de toros famoso, de un novillero que promete serlo y de cinco chiquillos más que son su preocupación y su orgullo, puede ser puesta como ejemplo cuando se quiera dar a entender lo que es “una mujer de su casa”.

Ahora, tras las jornadas pasadas junto a la cabecera de Pepe Luis, ha tornado con el primogénito al hogar; allí, bajo el maternal influjo, restañará el torero de San Bernardo los efectos de su última cogida. Luego, de nuevo a los ruedos, mientras la madre, transida por la zozobra, espera las noticias del ser querido.
El autor 
Benjamín Bentura Sariñena, “Barico” en la crónica taurina, nació en Ejea de los Caballeros el 6 de enero de 1904, estudió en los escolapios y jesuitas de Zaragoza y Filosofía y Letras en la Universidad del mismo lugar. Hizo el doctorado en Madrid con Camón Aznar y Joaquín Entrambasaguas, pero su vocación era el periodismo. Por eso no paró hasta ingresar en la Escuela de Periodismo de "El Debate", la primera que hubo en España.

Entre otras tareas, fue redactor jefe de la Agencia Logos, redactor de "Pueblo", "Tajo" y el diario deportivo "Marca" en donde inició la sección "El Ruedo" que luego, en 1944, se convirtió en la más famosa revista taurina del siglo XX.

Fundó y dirigió la revista "Maridiano", montó en Madrid una imprenta que llamó "Arba", una editorial, "Saso" y otra "Mon", una colección "Biblioteca Teatral", revistas dedicadas a los niños, a la mujer, al humor y a los sucesos, en una dilatada labor que simultaneaba con su trabajo diario en "El Ruedo", en donde puede ser el periodista que más artículos haya firmado. Siguió escribiendo incansablemente hasta su muerte, ocurrida en Madrid el 9 de septiembre de 1976.

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