martes, 21 de mayo de 2013

Pepe Luis / Por Jesús Cuesta Arana




JOSE LUIS... ¡¡¡PEPE LUIS!!!

Sevilla entera 
es puro alhelí, 
y se viste de luces 
cuando torea: 

¡¡¡Pepe Luis!!!! 

Y hasta la misma Triana 
con su Juan Belmonte, 
suena con sus yunques de fragua 
al olor de la albahaca. 

La corriente del Guadalquivir, 
detiene su historia 
al rumor de la Maestranza, 
y eleva la memoria 
al lancear de Pepe Luis. 

Por encima de la plaza, 
La Giralda se reluce 
dando oficio a las campanas. 

En el albero de tabaco y oro, 
lleno de finura, magia y salero, 
aparece el rubio Pepe Luis, 
serenidad frente al toro 
a pies juntos o a compás abierto. 

Se abre el cielo, 
se rompe la gloria, 
silenciosos los tendidos, 
torea el de San Bernardo 
capaz de convertir 
por arte de birlibirloque, 
un cartucho de pescaito frito 
en moñas de jazmín. 

Pepe Luis, claridad, 
la mirada, 
el pelo, 
el alma... ¡Todo Él! 

Es agua sobre el espejo 
o espejo sobre el agua. 
En las tardes de divino soplo, 
parece miel, 
también vino. 

Cuando flamea la muleta 
se detiene el gran río, solo. 

¡Qué emoción! 
¡Qué sortilegio! 
¡Qué lagrimas sin dolor! 
¡Llora el corazón de alegría! 

¡Otra vez Pepe Luis, 
viste de luces a Sevilla! 

Ni la bulla del triunfo 
ni la sangre derramada, 
que también la hay, 
con su cornada de espejo 
no le muda la calma 
ni le alborota el semblante. 

Templa por igual los aceros 
que el aire del alma. 

Ángel entre la tierra y el cielo, 
para torear, lo hace con las alas 
le sobran las manos 
y los pies y ... el cuerpo entero. 

Verlo se figura un sueño, 
una pompa de jabón, 
un portento, 
frente a la furia del pitón, 
un pétalo de azahar al vuelo, 
una ilusión. 

Entremedia de la tragedia 
entre Él y el toro, 
alegra la alegría 
más que torear: 
celebra la vida. 

José Luis, tan sencillo, 
sigue pisando 
en grácil el movimiento, 
la eterna primavera 
de abril en Sevilla, 
despacio, 
despasito, 
va el siempre torero 
con su retrato de poesía 
por las rutas del tiempo. 

Citando de frente los recuerdos 
desde la soledad del campo 
a su álbum de brisa y fuego. 

Siempre con una pena, 
una malasombra latente: 
Manuel Rodríguez, 

¡¡¡Manolete!!! 

Jesús Cuesta Arana

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